UNA MAÑANA DE PORNO
Por: Jorge Eduardo Espinosa

UN PERIODISTA TOMÓ EL RIESGO DE ENTRAR A LAS MEJORES CABINAS PORNO DE BOGOTÁ; LUEGO, ESCRIBIÓ SU EXPERIENCIA.

Salimos a la calle y empezaba a llover sobre el centro de Bogotá. Pensamos en regresar a recuperar el paraguas que habíamos olvidado en aquel sitio, pero nos miramos y coincidimos, sin decir palabra, en que no queríamos volver a cruzar la puerta.
Una hora antes, a las 10:57 de la mañana, buscaba con mi novia una dirección. Después de unas cuantas vueltas la encontramos. "Es acá", le dije. Ella me miró con desconfianza y después de observar el estado lamentable del lugar preguntó: “¿Por qué me dejé convencer de venir a este sitio tan horrible?”
La puerta, a los lados, estaba protegida por dos estatuas griegas con los ojos vacíos y las tetas al aire. Seguramente alguna vez fueron blancas; ahora eran amarillas y verdes de la suciedad. Abrimos la puerta y apareció un cuadro de una mujer desnuda que nos daba la bienvenida. De pronto, una voz masculina nos dijo que siguiéramos, que estábamos cordialmente invitados a Sala Múltiple, lugar de las mejores cabinas porno de Bogotá.
Entramos y dos cosas llamaron mi atención: tres pantallas de televisores viejos con imágenes de distintas películas porno y un aviso con una imagen de la cara de Jesús que decía: “Dios es el dueño de este lugar, yo sólo lo administro”. "Increíble –le susurré a mi novia–, incluso aquí está presente el Señor". Ella, después me lo confesaría, miraba aterrada a los cuatro tipos que la veían con ganas de tirársele encima.
Le pregunté al hombre que nos invitó a seguir cuánto costaba una cabina. “Ocho mil pesos”, contestó. Luego dijo, “¿qué genero quieren? ¿Lésbico, zoofilia, hetero, bisexual, sado? Tenemos dos mil películas entre DVD y VHS, escojan no más”. Impresionado ante el suculento menú que tenía ante mis ojos, pasaba las páginas con las fotos de mujeres en poses provocativas y nombres de filmes que aluden a películas de Hollywood: Kill Jill, A Beautiful Behind, Driving into Miss Daisy, Batman in Robin, Edward Penishands, Sperminator, etc.
Concentrado como estaba me fue imposible escuchar el ruego de mi asustada acompañante: “Escoge y vámonos de acá”. De pronto, vi una carátula que decía Paisas Calientes. Sí, película criolla con un estadounidense como protagonista que, por 500 dólares, se acuesta con estas inocentonas. Escogí esa, pagué y le pedí al tipo dos chicles que vi en una caja en la barra. Tal vez por el volumen de la música, el tipo no entendió y me dio dos condones. Mi acompañante rió y yo le repetí que no, que eran dos chiclecitos. "Ah –dijo–, le entendí dos cauchitos". Sólo piensan en sexo estos tipos.
Un hombre nos llevó por un callejón muy oscuro. Por debajo de la puerta de una de las cabinas se veía una luz; eran imágenes de alguna película. También oí un gemido, de género irreconocible, que parecía quejarse por algo. “Si quieren conocer una de las cabinas comunales me avisan y cuadramos alguna cosa”, dijo el hombre. A él le pareció que nos interesaba la cosa porque, justo después del gemido, ambos dejamos de caminar y nos quedamos mirando la puerta con el mismo interés de quien ve un cadáver tirado en la calle.
La cabina tenía un metro y medio de ancho por tres de largo. El televisor estaba agarrado de un tubo que salía del piso y tenía solamente los botones del volumen. Había una especie de sofá de material sintético de colores fucsias. Las paredes eran de cemento, pintadas de blanco y verde, y tenían retoques, no precisamente de pintura. También, a la derecha, había dos botones que servían para retroceder o adelantar la cinta. Después de unos minutos la película apareció en la pantalla del televisor, que reflejaba inmundas salpicaduras.
En la parte alta de la pared que estaba detrás del televisor había un pequeño ventilador que, aunque no giraba, sí dejaba ver una tenue luz. No dejé de pensar que en ese aparato los tipos habían puesto una cámara para espiar todo lo que sus ingenuos clientes hacían. En mi caso no había nada de qué preocuparse, ni ella ni yo éramos capaces de tocarnos un pelo.
La escena era dramática y patética. Estábamos los dos parados en la mitad de aquella sórdida cabina, abrazándonos del asco que sentíamos de rozar la pared, el sofá, el televisor, todo… Yo, por tirármelas de macho, le dije que no podíamos quedarnos allí parados la hora y diez que duraba la película. Ella contestó: "Estás loco, ni yo me voy a sentar en esa porquería de sofá, ni me voy a quedar una hora más en este sitio". Tenía razón.
Traté de concentrarme en la película, en el estadounidense preguntándoles a las paisitas cómo se llamaban y cuántos años tenían. Todas tenían 18, se llamaban Jenni o Pamela y trataban de impresionar a la cámara gritando y gimiendo. “Todo es fingido, que actrices tan malas”, comentó mi novia. "Yo quiero creer que todo es auténtico", dije un poco molesto por desbaratar el único momento en el que no pensé en la suciedad del lugar.
De aquel sitio dos cosas me molestaron durante un tiempo: el olor que se quedó pegado a mí durante días como sombra molesta. Era como una mezcla de clorox, encierro y sudor. Todo olía a ese coctel de fluidos humanos y a algún jabón barato que trataba de ocultarlo. Lo segundo fueron las preguntas que este sitio me generó. ¿Qué tipo de personas venían a estos lugares que reemplazaron a los cines porno en Bogotá? ¿Qué tan solo e incompleto hay que sentirse para volverse cliente regular de estos lugares? ¿Se necesita perder completamente la dignidad y el respeto por uno y por el otro para tener relaciones sexuales en este cuarto sucio? Yo no quería volver a este lugar ni a ninguno que se le pareciera.
Pero había que guardar las apariencias. Habíamos estado 20 minutos dentro de la cabina. Mi novia empezó a apurarme para salir de allí: “No entiendo, ¿por qué tenemos que quedarnos más tiempo?”. “Porque para escribir la crónica decentemente hay que vivir la experiencia”, le contesté. La verdad es que la concepción ridícula del semental me impedía salir antes de cierto tiempo, diga usted, 45 minutos. No importaba el peligro que podíamos correr en este sitio, en manos de unos tipos de dudosa procedencia. Importaba, eso sí, mi reputación de aguantador.
Pero la cosa ya era insoportable. Abrí la puerta y salimos de la cabina. En ese momento noté que me sudaban las manos. No era por miedo, era más bien por una humedad particular que despedía el lugar. La humedad de los sitios a los que no entra la luz hace años, que se añejan en el encierro. Por un momento sentí que había estado allí durante días, entre gemidos que no podía diferenciar de quejidos y ojos que me miraban por las grietas de la puerta.
Una vez pisamos la calle nos miramos y ambos, de manera sincronizada, reímos fuerte. En definitiva, estos lugares, sórdidos y feos, tienen cierto encanto. Probablemente es el encanto que sólo puede producir lo prohibido; la sensación de vértigo y aventura que únicamente es posible sentir plenamente en los lugares de los marginados.
 

 
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