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¿Y cómo es él?

Diez reconocidos periodistas y escritores responden algunas de las preguntas más sonadas de la música popular en diversos géneros, desde la mil veces repetida “Y cómo es él” hasta la muy profunda “A dónde irán los muertos”, que hizo famosa Marbelle.
Para ilustrar los textos, diez artistas invitados aceptaron el reto de intervenir a Discman un toy en resina, creación de Urbandru.


¿Para qué trabajar por un cuerpo escultural?

Por Melba Escobar*
Intervención toy: John Jóven • www.johnjoven.com
No es un mandamiento ser la diva del momento Para qué trabajar por un cuerpo escultural, caso deseas sentir en ti todos los ojos, Y desencadenar silbidos al pasar...
El estuche/ Aterciopelados

Esta es una de esas preguntas que sólo puede responder Andrea Echeverri. Su grado de profundidad, al sentenciar que hay que mirar la esencia y no las apariencias, nos remite inmediatamente al mito de la cueva en Platón, a la Fenomenología del Espíritu de Hegel, a la pregunta sobre el ser y la nada que planteaba Sartre en una Francia suicida. Acomodada en el sofá, pienso que esas preguntas no llevan a nada bueno, a menos que uno se deje llevar por el buen ritmo, y apretándole el brazo musculoso al galán del tatuaje mientras se le susurra al oído: 90-60-90, suman 240, cifras que no hay que tener en cuenta. ¿Por qué no hay que tenerlas en cuenta? Es ahí donde me pierdo. Porque están mamitas. Porque han cometido el pecado de despertar miradas y hasta silbidos en la calle. Hasta donde yo sé, las reinas de belleza no le han hecho nada a Andrea Echeverri, más allá de verse bien distintas a ella, claro. Pero eso no es culpa de nadie, siempre habrá unas más mamitas que otras, cosa que ha dado para muchas canciones, novelas, telenovelas y, por qué no, para tratados filosóficos de todos los tiempos. Para mí el problema es que no sé cómo se hace para mirar la esencia, dónde está la esencia (¿En el ombligo? ¿Debajo de la lengua? ¿En…?) y eso de mirarla, es como algo muy íntimo y a la vez medio sufi, uno siente a veces que los Aterciopelados están iluminados y lo que ellos ven es algo que claramente los demás no vemos. Decir que “el cuerpo es sólo un estuche y los ojos la ventana de nuestra alma aprisionada” es una cosa muy horrible. Piensa uno entonces que el cuerpo es una especie de malvado verdugo que tiene al alma secuestrada, y de ahí en adelante la vida de uno es darse con un silicio de día y de noche para castigar al verdugo infeliz que no deja salir la esencia aprisionada. Veo a Laura Acuña, quien sonríe insistentemente en la pantalla chica, mientras habla del fantasma del Gran Hotel, cosa que parece hacerle muchísima gracia, pues su sonrisa no descansa durante la nota, ni después cuando habla de la muerte del perro más longevo del mundo, cosa que también la hace sonreír, tanto y tan parejo como el anuncio del ergonómico diseño de los últimos Kotex. Esa sonrisa tan persistente me hace pensar en un mundo espiritual, el mundo de alguien que sabe, como lo sabe nuestra querida Andrea, que lo “que hay dentro es lo que vale”. Y ahora sí me confundí. Pues de Sara Corrales a Laura Acuña, pasando por Katy Sáenz y Johanna Bahamón, entre tantas otras mamitas ilustres de nuestro país, parecen tener una conexión bastante entrañable con la bendita “esencia”, ¿Entonces será que la clave de todo está en tener un cuerpo escultural? ¿Será que si llego a tener el cuerpo de Laura Acuña me vuelvo tan alegre y luminosa como ella? ¿O será que esa sonrisa es pura apariencia? No lo sé. Todo es muy complicado. Lo cierto es que es mejor tener un cuerpo escultural que no tenerlo, una verdad tan indiscutible quizá como la del filósofo colombiano que tuvo a bien decir que “es mejor ser rico que pobre” o aquel otro sabio popular que concluyó que “perder es ganar un poco”.
* Crítica Literaria.


Dime ¿cómo me arranco del alma esta pena de amor?
Por DocTor Rock*
Intervención toy: María Fernanda Mantilla • www.mafemantilla.com
Dime ¿cómo me arranco del alma esta pena de amor?
Dime ¿cómo me arranco del alma esta pena de amor, esta pena de amor, esta pena de amor?
Dime ¿cómo me arranco pa’ siempre el inmenso dolor, de esta pena de amor, de esta pena de amor?

Dime/Rubén Blades

El amor, ese bello sentimiento, origen de vida, que nos hacer sentir flotando en una nube, que es la fuerza que mueve el universo, el que todos deseamos tener, el que puede cambiar el mundo; ese mismo sentimiento nos produce tristezas, malquerencias o desengaños que popularmente conocemos como despecho y nos puede llevar a profundas depresiones y a interrogantes a los que no les encontramos la respuesta.
Las canciones en su gran mayoría tratan temas de amor, describen los sentimientos positivos y negativos que generan, es por esto que los ciudadanos corrientes buscan canciones que se identifiquen con sus sentimientos, pero hay ocasiones en las que ni el mismo compositor encuentra la salida.
Labor difícil, las penas de amor se enquistan en lo más profundo del alma para quedarse, un clavo no saca otro clavo, quien se mete al juego del amor debe contar con que en algún momento habrá una decepción o algo frustrante que lo marque para siempre, quienes pasan toda una vida sin que sus sentimientos sean afectados por alguna situación o son muy afortunados o no aman de verdad.
Lo peor de todo en este tipo de situaciones es buscar refugio, consuelo, consejo o escape en canciones que relacionen la pena propia con la del cantante y peor aún si le mezclamos traguito y/u otras sustancias, es masoquismo, esto es echarle leña a la candela, nos seguirá ardiendo. No trate de arrancarse la pena de amor, déjela por allá adentro tranquilita, no la alborote, no se rasque la cicatriz.
En el caso de la canción que nos ocupa, la cosa está bien peluda, habrá que seguir sufriendo, llevando ese amor que lo envenena y que es una condena. En la canción el tipo ya recurrió infructuosamente a los dos medios más eficaces para embrutecer, idiotizar y hacer olvidar: el trago y la tele.
“¡No, no, no, no, no, no, no la olvido ni bebiendo ni viendo la televisión!”
* Melómano


¿Por qué no se van del país?
Por Luis Fernando Afanador*
Intervención toy: Alex Sarmiento • www.flickr.com/theaparato
¿Por qué no se van del país?
Si eres artista y los indios no te entienden Si tu vanguardia aquí no se vende Si quieres ser occidental de segunda mano
¿Por qué no te vas?
¿Por qué no se van, no se van del país?
¿Por qué no se van del país?

Los Prisioneros

No se van porque de tanto querer irse, de tanto desear otros países, perdieron la identidad. Uno cree que viven “acá”, pero en realidad su mente siempre está “allá”. ¿En dónde? En Nueva York, en Berlín, en Londres… o hasta en Madrid, no en este pobre rincón de Suramérica. “Eso sí es vida cultural”, le dicen a uno mientras lo miran con cierta condescendencia, como si no pudiéramos imaginarnos esa maravilla que es la vida cultural “allá”. Y cuando uno trata de decirles que Bogotá ha mejorado mucho, que con el TransMilenio, las bibliotecas y las ciclo-rutas se ha convertido en una gran ciudad, responden en forma lapidaria: “Cuando a uno empieza a gustarle la iglesia de Lourdes es que necesita un viajecito a París”.
No se van pero quisieran irse todo el tiempo. Desde niños, en sus colegios bilingües, empezaron a sentir que eran diferentes, europeos o norteamericanos en el destierro, colonos alejados de sus metrópolis a las que tarde o temprano regresarían. Y regresaron a estudiar alguna carrera. El golpe fue duro. Los trataron como a ciudadanos de segunda –como a colombianos– y luego de graduarlos no les ofrecieron buenos empleos: los mismos que a sus coterráneos, inmigrantes económicos de los cuales se avergüenzan. Por eso viven “acá”: porque les toca. Pero no pierden la ilusión de algún día volver “allá”, el lugar que les corresponde.
Mientras tanto, han ido mejorando el pastiche. Que ya no es la iglesia de Lourdes –puerilidad afrancesada de sus abuelos– sino restaurantes, centros comerciales, apartamentos y casas campestres que verdaderamente los hacen sentir en los países que aman. Con resignación, descubrieron las ventajas de vivir en el Tercer Mundo a la manera del Primer Mundo. Y con una copiosa servidumbre, impensable “allá”. No son nacionalistas, son cómodos: por eso no se van.
Aunque algunos, los más ricos, nunca se resignaron al “Tercer Mundo con ventajas”. Entonces, vendieron parte de sus empresas en millones de dólares y, al fin, se mudaron al anhelado apartamento en el Central Park o en Bay Colony. Pero al año, aburridos de ser millonarios anónimos –es decir, nadie–, de no aparecer en las revistas del Jet Set criollo, estaban “acá” de nuevo. Éstos –ya con el rabo entre las piernas por todo lo que decían– no se van porque son los únicos que cumplieron el sueño de abandonar el despreciado país. El sueño que se convirtió en pesadilla.
* Poeta y crítico literario


¿A dónde irán los muertos, quién sabe a dónde irán?
Por Ana María Hanssen*
Intervención toy: Laura Osorno • www.lauraosorno.net
Que sube y que baja que vuelve a subir
¿A dónde irán los muertos,
quién sabe a dónde irán?

Collar de perlas/Ramón Ortega y Felipe Valdez

A los sueños. Se me ocurre que ahí es a donde van los muertos. Y no lo digo porque una que otra noche en medio de la inconsciencia “morféica” hayan aparecido en mis visiones dos de mi tíos muertos o haya escuchado la voz de mi abuela, a quien nunca conocí. Lo digo más bien porque creo, como se cree en alguien a quien se quiere, que una vez que se rompe el lazo invisible que conecta al alma con el cuerpo y que se ubica en el ombligo de todos los seres humanos, el espíritu vuela hacia una especie de oficina de audiciones oníricas. Ahí, un hombre que poco tiene que ver con las barbas blancas del San Pedro que nos ha vendido la religión, y se parece más a un director de cine, los recibe y les cuenta de qué se trataba el gran misterio de la vida. “De ahora en más”—les dice—“vas a hacer el papel de extra en los sueños de los humanos que todavía viven”.
Pero antes de entrar en detalles, procede a oprimir “play” en su grabadora para que escuchen esta historia escrita y grabada por algún muerto inconforme:
Anoche me tocó trabajar en un escenario nuevo para mí. Ya saben, uno está aquí sentado en este limbo —este es el verdadero limbo, ese al que todos le temen y por el cual bautizan a sus hijos— rodeado de otros personajes con destinos parecidos al propio y esperando ser usado en alguna fantasía humana. En realidad es increíble como los hombres y mujeres llaman fantasía a lo que es su deseo o miedo más profundo. Creo que sufren del síndrome de irrealidad, y nos tildan a nosotros de ser inventados. Anabel me llamó anoche a su sueño. Me parece que le hacían falta personajes, porque la muy pretenciosa siempre está en fiestas multitudinarias o en orgías de por lo menos más de cuatro.
Desde que me la asignaron, me llama con frecuencia. Ya me ha tocado aparecer en el rol de hombre mugriento en la calle, de mucama con barba, de sadomasoquista, de borracho y en el mejor de los casos, de amigo confidente. Anoche me usó para darle celos al hombre de su vida. Era en una fiesta muy colorida en la que estuvimos persiguiendo toda la noche al tipo en cuestión. Alto, pelinegro, con pestañas largas, corpulento, elegante. El hombre de catálogo que todos quisimos ser alguna vez. Cuando por fin lo encontramos en medio de la multitud, ella me apretó la mano, y de repente le dio una risa nerviosa que la acercó a mí. “Es él”, me dijo mirándome con sus ojos maquillados y absortos, mientras yo la empujaba hacia él. No puedo creer que la alejé de mí para entregársela a otro, a ese modelo de hombre que buscamos correteando toda la noche. Se lo atribuyo a esas cosas ilógicas que sólo pasan en los sueños. Confieso que me dieron celos y rabia: ¿No me habían dicho que los muertos no teníamos este tipo de sentimientos mezquinos? ¡Renuncio a estar muerto! Me rehúso a ser el pobre protagonista de más historias de amor platónico-oníricas. ¡Devuélvanme a la vida!
El relato se corta bruscamente con un sonido de disparos.
El tipo de la puerta con cara de director de cine usa esta historia para advertirles a los muertos nuevos que, aunque un muerto se suicide, no vuelve a la vida. Se queda en los sueños de los humanos, pero con una variante: sólo puede representar roles de animal.
Y repite: “no vuelve a la vida”.
* Periodista y escritora


¿Por qué me abandonaste?
Por Juan Andrés Valencia*
Intervención toy: Electrobudista • www.flickr.com/adalberto_camperos
¿Por qué me abandonaste?
no sé por qué Si siempre fuiste mía, no sé por qué Si al cabo de los años Tus besos y caricias sólo me hablan de ti.
¿Por qué me abandonaste?

Paloma San Basilio

Charles Bukowski decía que si algo grave ocurría, se bebía para olvidar, que si algo bueno pasaba, se bebía para celebrar y que si nada estaba sucediendo, se bebía para que algo, en efecto, sucediera.
Y cada vez que tomo para que algo suceda no puedo evitar pensar en la razón por la que terminé siendo periodista, después de haber estudiado, en vano, Ingeniería y Administración:
–Estudiá periodismo –me dijo él hace nueve años–, serías muy bueno para eso.

Flashback # 1
Es sábado por la noche en el norte de Bogotá. Mis amigos y yo llevamos ocho horas tomando ron. Salimos a caminar y nos topamos con un inmenso cráter de la calle 107 con 19. Lo que para un periodista acucioso era una denuncia, para mí fue el mejor lugar para sentarnos a beber. Una costeña pasa en una camioneta a nuestro lado y nos grita “¡borrachos hijueputas!”. Cinco minutos más tarde nos vamos dando tumbos.
***
Así como la lujuria es inherente a la prostitución, el trago lo es al periodismo literario. Y que lo digan quienes conocieron a Hunter Thompson, quien no jaló del gatillo con su último aliento sino con un tufo final. O los allegados a Truman Capote, quienes vieron, con pesar, cómo murió dejando un hígado maltrecho y un cerebro encogido. De cualquier forma, el trago siempre fue el motor de su inspiración.

Flashback # 2
Un amigo me espera en In Vitro para celebrar su cumpleaños. Cuando llego le gasto una botella de aguardiente. Luego salimos y vemos una fiesta en frente, en el penthouse de un edificio. Nos colamos. Adentro, el trago, la marihuana y los actores de teatro abundan. Reconocemos a una actriz de cine y le hablamos: 12 minutos después la beso; 47 minutos más tarde los tres llegamos a un motel. Mientras ellos se devoran, grabo con mi celular su escena de porno barato. Me dan náuseas. Decido irme con su botella de guaro para bebérmela en el camino.
***
Durante el último año he dejado de beber considerablemente. No se trata de superación personal. Simplemente bebía para que sucedieran cosas, pero no me sirvió para encontrar esa gran historia. Nuestra relación se desgastó y el trago me abandonó insepulto por mi falta de devoción. Ahora mi vida es apacible y sueño con comprar una casa y formar un hogar. Maricadas de ese estilo. Y claro, ya no me pregunto por qué mi mejor amigo me aconsejaba que estudiara periodismo. Nueve años después me lo reveló entre copas:
 –Eso es lo que siempre aconsejo cuando estoy borracho.
Ahora estoy esperando que el éxito me tenga como a un hijo bastardo. Sobrio pero bastardo.
* Periodista

¿Por qué se fue, por qué murió?
Por Andrés Felipe Solano*
Intervención toy: Diego López Garcia • www.lopezgrafico.com
¿Por qué se fue, por qué murió?
¿Por qué el señor me la quitó?
Se ha ido al cielo y para poder ir yo Debo también ser bueno para estar con mi amor
¿Por qué se fue y por qué murió?

Alci Acosta

Hace algunas semanas un amigo me envió una foto por correo electrónico de lo que presumo es la parte trasera de un Volkswagen Escarabajo con una calcomanía pegada que dice: ¿Qué haría Bukowski? Mi amigo, como yo, también intenta escribir novelas y uno de sus queridos muertos es Charles Bukowski. Muchos se preguntarán qué puede decirle aquel escritor a estas alturas, cuando se acerca a los 33 años y está empezando su tercer libro. ¿Por qué tomar como émulo literario a este borracho deslenguado, que carga con la etiqueta de novelista para adolescentes marginados? Pues bien, para él Bukowski rebasa los estrechos límites de la escritura. Es algo así como un faro moral en medio de estos tiempos tan confusos. Por eso es pertinente la pregunta que se hace a menudo cuando enfrenta situaciones adversas: ¿Qué haría Bukowski? Los lineamientos morales de Bukowski donde mi amigo encuentra consuelo son de este tipo: "Algunas veces simplemente me canso de pensar en todas las cosas que no quiero hacer, como blanquearme los dientes, o en lugares a los que no quiero ir, como India,". He estado pensando en la calcomanía que le pondría a la parte trasera de mi carro, en caso de que lo tuviera y en caso de que supiera manejar. ¿Cuál es el equivalente a Bukowski en mi caso, quién me guía en las sombras? Kurt Vonnegut escribió Matadero 5, uno de los libros más iluminadores sobre la Segunda Guerra Mundial, una novela de apenas 180 páginas que para mí condensa todo el dolor y la barbarie de semejante matanza, quizás porque él mismo la vivió. Aun así Matadero 5 está escrita con un humor que permite la redención, que logra que el lector atraviese un campo minado con una sonrisa en la cara.
¿Cómo no hacer entonces de Kurt Vonnegut mi pastor? Doy otras razones: además de pasar por el infierno de la guerra su mamá se suicidó cuando apenas era un niño. Lo hizo el 14 de mayo de 1944, día de la madre para ser exactos. Esta temprana tragedia no le impidió haber querido ser desde siempre un escritor cómico. A propósito, cuando le preguntaron cómo se sentía al escribir respondió: "como un hombre sin piernas y sin brazos con un crayón en la boca". Además era muy atinado en sus observaciones literarias. Acerca del escritor francés Céline dijo: "En mi opinión Céline descubrió un orden más alto y más terrible de la verdad literaria al ignorar el vocabulario cojo de las damas y los caballeros, y usar, en cambio, el lenguaje más exhaustivo de los astutos y atormentados rufianes".
Fumador impenitente, Vonnegut amenazó con demandar a una compañía tabacalera por no cumplir lo que prometía. Había fumado por cuarenta años y todavía no se había muerto. Y bueno, cuando por fin murió lo hizo como en una película de sus adorados Laurel y Hardy: se resbaló por una escalera al salir de su apartamento en una mañana de invierno. Sucedió el 12 de abril de 2007 y desde ese día me pregunto por qué se fue, por qué murió, aunque él esperaba con ansia por ese momento.
* Autor de la novela "Sálvame, Joe Louis"

Mamá, ¿dónde están los juguetes?
Por Daniel Ramírez*
Intervención toy: Kontra • www.kontra.ws
Mamá, ¿dónde están los juguetes?
Mamá, el niño no los trajo. Será que no vio tu cartica que pusiste en la noche sobre tus chancleticas.
Mamá, ¿dónde están los juguetes?

Oswaldo Oropeza

La mayoría –la inmensa mayoría– están en los cuartos de mocosos insufribles, que aprendieron, a punta de puro histrionismo, a conseguir todo lo que se les pasa por enfrente cuando se les da la gana.
Ellos se dieron cuenta de que exacerbando frágiles paciencias pueden engordar y engordar sus arcas juguetísticas, hasta niveles descomunales, por el puro gusto de tener más y más.
Ahí están los juguetes: en poder de miles de niños y niñas malcriados, que se la pasan abriendo cajas con muñecos y carros nuevos, que a los dos días están arrumados en un rincón junto a los otros muñecos y carros nuevos por los que tanto jodieron, junto a la pistola de agua por la que chillaron tres horas enteras y junto a la muñeca a la que dejaron calva porque el pelo se le enredó la misma tarde en la que la sacaron de la caja.
Toneladas de juguetes están ahí, olvidados y sólo son importantes en el instante en el que llega el primito ‘menos afortunado’ de visita a la casa. El primito, al que los papás sí saben ponerle tatequietos –con el ánimo de dejarlo bien criado o por falta de plata–, llega a un cuarto repleto de pendejadas. “Conque aquí estaban los juguetes”, se dice. Con los ojos vidriosos de la dicha mira a un lado y al otro, sin saber qué agarrar primero. Hay de todo lo que ha querido siempre. La alegría no dura tanto, porque bajo el conocido ‘principio’ que reza ‘si no me tomo la sopa, le echo tierra a la sopa’, llega el dueño para arrebatarlos.
Estoy convencido de que los juguetes están en los cuartos equivocados. No están en manos los niños juiciosos, que hacen tareas, los bien portados en el colegio, como debería ser. No. Los tienen esos a los que las profesoras saludan porque les toca, a los que las señoras del servicio quieren embutirles la sopa, los que buscan un descuido para arrancar a patalear.
Si lo de Toy Story fuera de verdad, los juguetes de mocosos malcriados esperarían a que fuera de noche para darle una constructiva pela a sus dueños, y después se irían a dónde deben estar.
* Periodista


Dime pajarito ¿por qué hoy estás triste?
Por Sergio Borja
Intervención toy: Ángelo Contreras • www.anniemate.com
Dime pajarito por qué hoy estás triste no escucho en tu canto la misma alegría
Dime si a tu compañera perdiste o has venido a compartir la pena mía
Dime, pajarito, ¿por qué hoy estás triste? /
María Cristina de Daza y Octavio Daza

Esta canción que parece compuesta por San Francisco de Asís (santo reconocido por su capacidad para relacionarse con la naturaleza) evidencia la psicología de una persona con mucho tiempo de desocupación. Basta con observar la situación. Imagínense a un pájaro cantando y que de un momento a otro llegue un tipo a decirle: “dime, pajarito, por qué hoy estás triste”.
Los indicadores de la extrema falta de oficio de este señor son los siguientes. Primero: él parte de la premisa de que el plumífero ya está triste. Él no pregunta: “¿dime, pajarito, cómo estás hoy?”. Eso quiere decir que ha estado observándolo de manera detallada para establecer su estado de ánimo. Piensen, además, que si a veces a los humanos es jodido identificarles lo que están sintiendo, cómo será en pájaros de la misma especie, que por lo general, a simple vista, se comportan y cantan igual.
Segundo: algunos podrían decir que el tipo puede ser un coleccionista de pájaros y es el dueño del animal. Pero esta opción está descartada. Basta con escuchar la letra que en una parte dice: “dime, pajarito, porque hoy estás solo”. Eso quiere decir que en otras oportunidades ha visto al ave acompañada y que ésta tiene la capacidad de elegir si se la pasa acompañada o no. Al contrario de un pájaro enjaulado, el cual vive solo o acompañado según la caprichosa decisión de su dueño. Y no solo eso. Si este tipo es así de metido con la vida de un pájaro… ya pueden imaginarse cómo será para meterse en la vida de los vecinos.
Tercero: la prueba reina o más contundente es que el hombre tiene tan poco que hacer que ya se dedica a actividades inútiles. Qué es eso de preguntarle a un pájaro cómo se siente. Supongamos que este señor sí tenga habilidad para detectar la depresión en esta especie animal. Pero así sea cierto que está triste, el pájaro jamás le va a responder. Yo creo que si el pájaro hablara le diría al tipo: “sabe qué, hermano… haga lo que hacen los de su especie cuando no tienen nada qué hacer… métase a la asociación de padres de familia del colegio de su hijo o joda por las zonas comunes de su conjunto… a mí déjeme tranquilo”.
* Comediante



¿Y cómo es él?
Por María Alexandra Cabrera
Intervención toy: Lorena Alvarez • www.lorenaalvarez.com
¿Y cómo es él?
¿En qué lugar se enamoró de ti?
¿De dónde es?
¿A qué dedica el tiempo libre?
¿Y cómo es él?/
José Luis Perales

Con un jalón brusco del médico, que lo hizo mecerse repentinamente de un lado a otro, nació a la 9:03 de la noche un día de luna llena. Sus primeros pantalones, a pesar de ser un niño, fueron de pana rosada; su primer contacto con la música, la banda sonora de My fair lady –con la que aprendió a bailar debajo de la mesa del comedor para que nadie lo viera–; y su primer amor, Millonarios, equipo con el que conoció que en la vida hay alegrías y también tristezas. A sus siete años descubrió que odiaba esperar a que los demás terminaran de comer, que madrugar no era lo suyo, que su color sería el azul y no el rosado, y que la única clase que realmente lo apasionaba era la de geografía. A sus 12 años recitaba de memoria todas las capitales de America Latina y Europa, a sus 14 dominaba las de los cinco continentes, y a sus 20 se sintió listo para recorrer Suramérica, viaje en el que se instruyó en el arte de guardar la plata en el fondo de una media y aprendió a decirles palabras dulces a las muchachas que el destino le entregaba.
Luego apareció su fascinación por el rock y su teoría (que repite siempre que puede) de que los Beatles entendieron el concepto de canción, Pink Floyd hizo el rock más pulido, Led Zeppelin tuvo el mejor toque, pero que los más chéveres son los Rolling Stones. También entendió por qué la gente se sonroja cuando una tarde en un estudio lleno de luces el público entonó el coro “chévere, chévere, no es un novio chévere”, mientras Jota Mario felicitaba al ganador y su novia torcía la boca. Ese día decidió con determinación que, si algún día se casaba, sería con una flaca.
Sin embargo, el peor momento de su vida lo pasó cuando le dejó a cuidar a una amiga una colección de camisetas de sus equipos de fútbol del alma y ella las perdió, las vendió o las regaló (hasta le fecha se siguen manejando las tres hipótesis) mientras él vivía un año sabático en el Caribe Colombiano; un año de mar, hamaca, ron y aceitunas con picante. Hoy tres camisetas, dos bufandas y una chaqueta con el logo del equipo azul de las 13 estrellas es todo lo que le queda de aquel tesoro perdido.
En su tiempo libre le gusta jugar micro-fútbol en la cancha de su barrio (no le importa doblarles la edad a sus compañeros de juego), y poner en práctica una técnica que descubrió para cortar geométricamente el aguacate y hacer pankeques perfectamente redondos los domingos. Hace poco se enteró de que odiaba el sonido del exprimidor de naranjas tanto como tener que ir a un centro comercial, y que sus lugares preferidos eran la cocina, una pista de baile y su casa con vista a un parque.
Este hombre que dice haberse enamorado cuando vio unos hombros huesudos no concibe acostarse por las noches sin ver antes un capítulo de Seinfield. La dosis diaria de risa le ayuda a conciliar el sueño en menos de cinco minutos. Para algunos científicos que han estudiado su caso es síntoma de un estrés agudo, para otros, es tan solo un hombre que sabe vivir a su manera.
* Jefe de redacción de Bacánika

Qué hay de malo en soñar

Por Luis Fernando Charry*
Autor de las novelas "Alford" y "Los niños suicidas"
Qué hay de malo en soñar
Qué hay de malo en reír
Qué hay de malo en ser joven y vivir
Qué hay de malo en amar
Qué hay de malo en sentir
Qué hay de malo

Jerry Rivera

Nada. Esa es la respuesta. No hay nada de malo en soñar. Aunque pensándolo mejor hay algunas cosas malas. Tal vez la peor es estar de acuerdo (ya me estoy preparando para recibir la depresión del mediodía y los consecuentes trastornos a la hora de irme a dormir esta noche) con Jerry Rivera. Pero eso no es grave: si todo sale bien, si esta noche no tengo pesadillas, en unos días ya me habré recuperado. Entonces tal vez vuelva a dormir. No muy bien. Pero a dormir al fin y al cabo. Eso es lo que importa. Después de todo, para soñar es necesario (salvo en los casos de enfermedades mentales, alucinaciones menores, males varios y preocupaciones cotidianas nada preocupantes) dormir. Y este sí que es un problema serio para quien escribe estas líneas. De entrada están los antecedentes: desde los 19 ó 20 años, desde ese final un poco apocalíptico de la adolescencia, he sufrido de insomnio. He pasado largas temporadas de desvelo, lo que en muchas ocasiones ha sido bueno ya que se puede ver la claridad de la mañana con los ojos bien abiertos. A la mañana siguiente uno tiene el semblante de un prófugo, la voz entrecortada (si uno se anima a hablar descubre una cierta incoherencia en todo lo que dice), y unas ganas de quedarse dormido en cualquier parte. De vez en cuando el insomnio desaparece. En ese momento se puede dormir. O mejor: se puede soñar. Claro que esos sueños no suelen ser maravillosos. Es más: esos sueños muchas veces se convierten en pesadillas (no vamos a entrar en detalle porque esto no pretende ser una carta, o un caso clínico digno de esos pacientes famosos del doctor Sigmund Freud). Decía que los sueños se convierten en pesadillas. De modo que uno abre los ojos, grita, se despierta y ya sabe que esa misma noche se volverá a desvelar. En otras palabras: no se podrá soñar. Con el tiempo las cosas mejorarán. Es posible que pasen algunos años. En ese momento tal vez podré volver decir, sin la ayuda de ninguna pepita milagrosa, sin una dosis casi mortal de valeriana, que no hay nada de malo en soñar.
* Autor de las novelas "Alford" y "Los niños suicidas"
























 
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