El ser humano siempre piensa en el amor. Por eso en Bacánika quisimos rendirle un homenaje a un tema que no tiene tiempo ni lugar, a través de distintas historias de amor que han marcado un hito en el cine, la literatura y, por supuesto, la vida real. Amores ridículos, amores difíciles. Parejas que luchan contra todos los obstáculos para defender ese sentimiento sin el que parecerían morir en un instante. Parejas inseparables e inolvidables…Aprovechamos también para proclamar 10 mandamientos bacánikos sobre el amor y para invitar a cuatro jóvenes plumas a que escribieran sus particulares experiencias en el tema. Una edición para suspirar y repensar el amor.
Diez mandamientos bacánikos sobre el amor
Recogidas de profundas y hermosas filosofías orientales, aquí están algunas reglas de oro para la vida en pareja
Ni príncipe azul ni culebrón mexicano
Aunque le parezca muy cruel oírlo, el primer paso para tener una mejor relación de pareja es entender que el amor no tiene nada que ver con el amor idealizado y perfecto de los cuentos de hadas ni tampoco con el drama, las rivalidades y el amor imposible de las telenovelas. El amor es algo más sencillo que se construye todos los días.
No confunda el amor con el
enamoramiento
Sépalo de una vez, el enamoramiento es un proceso químico en el que se descargan toneladas de hormonas y neuronas en el cerebro. Un proceso que lo lleva a sentir mariposas en el estómago e intensas emociones solo con pensar en la persona amada. Pero también expira. Según estudios científicos dura tres años, máximo cuatro. Además, a diferencia del enamoramiento, el amor no está asociado a sentimientos que van y vienen. No siente un día que adora a su pareja y al otro que no la soporta. Si usted ama genuinamente vive en un estado permanente de amor. No es fácil, pero tampoco es imposible.
No intente cambiar a su pareja
Conozca, sin máscaras ni ideales románticos, con quién está. Luego sea muy honesto con usted mismo. Pregúntese si realmente puede aceptar a su pareja con todos sus defectos o si por el contrario guarda en su corazón la esperanza de que algún día cambie, gracias a usted, que se convierte en una especie de salvador. Piense también por qué está con esa persona y si lo único que lo ata es el miedo a estar solo, a sufrir. Aceptar a su pareja no significa que deba tener una actitud sumisa y aguantárselo todo. Diga lo que le disgusta sin drama, si su pareja lo quiere intentará cambiar por ella misma. Recuerde que nadie cambia a nadie y que solo uno puede decidir hacerlo.
La felicidad no se la da su pareja
Este es uno de los mandamientos más importantes. Siempre y en cualquier circunstancia su capacidad de ser feliz debe nacer de usted mismo. Su felicidad no puede depender de lo que le diga o haga su pareja. Tómese tiempo libre para hacer lo que le gusta, para verse con sus amigos, para estar solo. Piense siempre que dos personas felices por ellas mismas y con un mundo propio viven mejor que dos enamorados co-dependientes.
No le falte el respeto a su pareja
Nunca, por más molesto que esté, rompa este mandamiento. El respeto es la base de una relación sana. Respetar a su pareja significa respetarle sus espacios, sus maneras de pensar, no agredirlo física ni verbalmente. El respeto construye el amor, la comprensión y la amistad de la pareja.
Sea amigo de su pareja
Según la filosofía hindú las únicas relaciones de pareja que pueden ser realmente exitosas en la actualidad son aquellas que construyen un fuerte vínculo de amistad. Ser amigos significa ser cómplices y crear fuertes lazos de lealtad y amor.
En los momentos difíciles dialogue, pero no tanto
El diálogo sincero y tranquilo siempre es necesario en situaciones de conflicto. Siempre es preferible hablar que guardarse las cosas. Diga lo necesario con calma, sea concreto y aprenda a escuchar al otro y a reconocer sus errores. Pero no se quede en charlas eternas que lo único que hacen es mantener el drama y alargar el conflicto.
Perdone, siempre perdone
Para muchas corrientes espirituales el nivel de conciencia de una persona se mide, en parte, por su capacidad de perdón. Sepa perdonar a su pareja de corazón, sin reclamos ni rencores, y aprenda también a dejar a un lado el ego y a pedir perdón con nobleza cuando sea necesario. El perdón significa dejar ir el reclamo y la tristeza. A veces esa palabra es todo lo que se necesita para arreglar las cosas.
Humor y juego
Ríase con su pareja, póngale humor a las situaciones difíciles y a la convivencia. No olvide que la risa ayuda a mantener el alma alegre y tranquila.
Los detalles son importantes
No dé todo por hecho, una relación constantemente necesita que la alimenten con detalles y sorpresas. Y no se trata de contratar una avioneta para que escriba el nombre de su amada en el cielo y lo encierre con un corazón; llevarle el desayuno a la cama, prepararle su comida preferida, regalarle una flor, un libro o invitarla al cine son detalles que nunca fallan.
"ME CASÉ CON MI PROFESOR"
Por Verónica Roldán
Dos años y medio después de tomar Coca-cola todas las tardes con mi novio adolescente, de habernos jurado amor eterno, hijos, finca y perro labrador, conocí al nuevo profesor de filosofía y teología del colegio, aquél que cuatro meses después fuera mi marido por casi cuatro años.
Nunca supe cómo se consiguió mi teléfono, pero me llamó para invitarme a almorzar. Me contó sobre su tesis laureada de filosofía, sobre los bares en los que cantaba los fines de semana y sobre la vida a sus 33 años. Salí de aquel restaurante y decidí ser una madre feliz, ahorrar para comprar la finca y el perro labrador, pero no para compartirlos propiamente con mi novio adolescente.
Durante los cuatro meses más atropellados de mi vida (boté a mi novio y decidí casarme a los diez minutos), él siguió dictando clases en mi colegio. Nos saludábamos de forma distante, pero después de las cuatro de la tarde salíamos a ver argollas de matrimonio. Tuve a bien contraer nupcias con mi profesor el 21 de diciembre de 1998, dos meses después de haber alcanzado la mayoría de edad. Él se fue del colegio para una universidad en la que, creo, sigue trabajando. La rectora del colegio se enteró (y con ella todo el colegio) de que yo me había casado y decidió hacerme la vida imposible. Pero el amor todo lo puede, dicen por ahí, y yo pude reírme de la envidia que les producía a todas el hecho de no estar viviendo una experiencia a lo “Lolita” (claro que esto no aplicaba a la rectora, obviamente). ¡Pobres! La rectora divorciada y mis compañeras pensando en minitecas. ¡Qué belleza! En cambio yo, ahorrando para el perro que nunca tuvimos y viviendo con un personaje canoso, guapo y trascendental.
Bueno, pero como el amor no todo lo puede, me divorcié de mi marido cuatro años después. Fue, tal vez, la experiencia más difícil de mi vida. Él se casó dos veces más. El matrimonio que siguió al nuestro fue realmente una locura: a mi casa vino a parar su mujer, su cuñada; me llamaba su suegra y el pastor que los casó. Todos sorprendidos porque él había jurado ser soltero y virgen (sin comentarios), engaño que los llevó a un divorcio a los cuatro meses de casados. Del último no sé mucho, sólo que han estado juntos alrededor de seis meses.
Pero como no aprendí bien la lección, ahora tengo un novio que me lleva 25 años. Estamos juntos hace siete años… sí, comencé a salir con él en pleno proceso de separación. Él tiene un bar de música cubana, es canoso y trascendental en un sentido diferente: es sensible, amante de la cultura popular, de las manifestaciones musicales de la tradición africana establecida en Cuba. Desistí, entonces, de los hijos, del perro y de la finca, pero ahora estoy pensando en cantar boleros en La Habana el resto de mi vida…
"MI NOVIO ME DEJÓ POR UN HOMBRE"
Por Giovanna Chethuan
No sé si fui su último intento por cambiar su tendencia sexual o si desde que empezamos a salir su objetivo fue conseguir una fachada para ocultarse ante la sociedad. Fuimos novios hace más de tres años y le dediqué casi ocho meses de mi corta vida.
Nuestra relación pasó de las clases en la universidad a las salidas frías y sin magia. Al principio noté que su prioridad era presentarme a todos sus amigos y a su familia, cosa que me pareció un tanto rara, aunque en ese momento no le di importancia. Semanas después, sentía que no estaba del todo satisfecha. Por una parte, no habíamos tenido sexo, pero eso no me martirizaba tanto como el hecho de no haber compartido ni un solo momento de intimidad, pues me evadía cada vez que le proponía estar a solas. Además, le daba pavor conocer a mis dos amigos homosexuales, actitud que me pareció exagerada a pesar de su aparente “homofobia”. Cuando finalmente accedió a conocerlos, mi amigo me llamó y me dijo que mi novio era gay, y aunque lo tomé como una broma, ambos me lo confirmaron folclóricamente: “ojo de loca no se equivoca”.
Sin ser muy atractivo físicamente se vestía bien, le encantaba usar ropa de marca y visitar los sitios de moda de Bogotá. Algo que solía impresionarme era su extrema vanidad, podía tardar horas arreglándose y cuando íbamos por la calle aprovechaba cada instante para mirarse en el reflejo del vidrio de cualquier vitrina: se ordenaba el pelo, admiraba su fornida y trabajada espalda, y sonreía. Mientras tanto yo lo observaba en silencio, convenciéndome de que hoy en día existen muchos hombres metrosexuales y que su conducta no tenía nada extraño.
Meses después, el proceso de desencantamiento empezó por mi parte. Hastiada de los chismes dejé de inventarme excusas para estar con él a solas, pero fue en el momento en el que lo vi llegar de viaje con mechones de pelo monos y con un bronceado perfecto, que tomé aire y terminé la relación.
Después de un año sin vernos me buscó. Fue directo, me dijo que era gay y que tenía novio. Me contó que en el momento en el que terminamos él estaba bastante confundido y frustrado por nuestra fallida relación, y que al conocer a un hombre en el gimnasio, salir con él a sitios gays y conocer a más homosexuales, se dio cuenta de quién era y qué le gustaba. En ese momento lo vi feliz, enamorado y seguro de sí mismo. Y aunque no me costó mucho sacármelo de mi corazón y de mi cabeza, me dejó un sabor amargo el hecho de darme cuenta de que fui la persona que logró demostrarle su tendencia sexual, mientras que su fugaz paso en mi vida sólo quedó en una curiosa y patética historia para olvidar.
"ME ENAMORÉ DE LA NOVIA DE MI AMIGO"
Por ANDRÉS MONTOYA
ecuerdo que era un viernes después de un parcial y yo estaba en mi casa, listo para la rumba de esa noche, esperando a que unos amigos me recogieran. Cuando llegaron no pude dejar de mirar a Carolina, la novia de David, mi mejor amigo. Desde que me la presentó me pareció divina, la mujer de mis sueños, pero era intocable.
Ese día tuve la oportunidad de hablar con ella y de conocerla. Teníamos muchos gustos en común, ella estudiaba Ingeniería Biomédica y yo Medicina. Estaba extasiado con ella y mi soltería me daba la libertad de hacer lo que se me diera la gana sin tener que rendirle cuentas a nadie.
Después de esa noche comencé a hablar más seguido con ella y asumí el papel del amigo que la escuchaba sin juzgarla. Me convertí en un confidente malintencionado que esperaba como un buitre a que se presentara una oportunidad para caerle, pues, como dice un amigo, “un hombre no pierde el tiempo en una mujer a menos de que sepa que va a recibir algo”.
Todos tenemos secretos y, a veces, las ganas pueden vencer el remordimiento. De repente, ella empezó a mandarme señales, pero, mientras el hombre se arriesga a la aventura amorosa sin pensarlo demasiado, la mujer es calculadora, lo planea todo silenciosamente hasta que tiene todo seguro. Empezamos a salir a escondidas de David, y Carolina me robó un beso mientras nos reíamos de un mal chiste. Fue un momento de locura, miedo y emoción. La niña me gustaba y aparte de eso no me importaba nada más.
Por esos días, mientras nos tomábamos una cerveza, David me contó que su relación iba de mal en peor y que Carolina estaba pensando en dejarlo. Él la quería. Pensé, entonces, que desde bachillerato ambos habíamos estados solos, así que caí en la cuenta de que él no era un tipo con suerte en el amor y que por mi culpa perdería una buena oportunidad con una mujer que posiblemente lo quería hasta que yo me metí en el medio.
Decidí llamar a Carolina a decirle que el jueguito me había aburrido y que estaba saliendo con otra. Desde ese día nunca me volvió a dirigir la palabra y, como era de esperarlo, volvió con David. Por supuesto, el cuento de la otra mujer era pura mentira. David había sido mi amigo desde hacía muchos años y pensé que el valor de una verdadera amistad pesaba más que una calentura pasajera. Además, mi papá siempre me ha dicho “si usted la hace también se la pueden hacer” y, sinceramente, es un riesgo que no quiero correr.
"AMO A MI SUEGRA”
Por Felipe Morris
Estoy seguro de que si les dijera que adoro a mi suegra creerían que tengo un tornillo un poco suelto, pero jamás imaginarían qué tan en serio lo digo. Jamás pensarían que, a comienzos de 2007, nos desnudamos y estuvimos a punto de meternos bajo las mismas cobijas. Si no lo hicimos fue porque, en el último instante posible para evitar aquella tragedia, la mamá de la mujer con la que llevaba saliendo casi un año entró en shock y su cuerpo empezó a paralizarse. Aquella noche terminó la aventura más peligrosa en la que me he embarcado en mi vida. Y, poco después, terminó también una relación que prometía llegar lejos.
¿Quieren saber cómo empezó todo? Claro que quieren: historias como ésta suceden mucho más de lo que uno imagina, pero rara vez salen a la luz pública.
Primero debo decir que, generacionalmente, estoy mucho más cerca de mi ex suegra que de mi ex mujer. La primera me lleva apenas cuatro años, mientras que yo le llevo catorce a la segunda.
Todo comenzó –con mi suegra– el día en que coincidimos en el aeropuerto para despedir a María. Mi novia viajaba a Lima para asistir a un seminario. Después de los abrazos y los buenos deseos le ofrecí a su mamá llevarla hasta la casa. Tuvimos una muy agradable conversación en el carro, que giró en torno al cd de Diana Ross que tenía puesto y que a ella le recordaba sus años más locos. Frente a la puerta de su casa me invitó a pasar para tomarme un trago. Acepté, aunque ya en ese momento presentía que el tema estaba adquiriendo un tono sospechoso.
Después de una terapia de risas, y con media botella de whisky entre pecho y espalda, dije lo que nunca he debido decir: “si no fueras la mamá de María…”. Y ella dijo lo que tampoco ha debido: “si no fueras el novio de mi hija…”.
Fue inevitable. Nos abrazamos, nos besamos, nos dijimos palabras hermosas y avanzamos hacia el pecado mayor de manera muy rápida, conscientes, tal vez, de que un segundo de reflexión bastaría para alejarnos. No obstante, a la hora de la verdad, desnudos y a punto de entrar en su cama, el arrepentimiento y la vergüenza se hicieron sentir y nos llamaron a la razón.
Hicimos el trato de jamás confesar lo que había sucedido y de ni siquiera comentarlo entre nosotros. Pero el recuerdo de aquella noche se convirtió en un fantasma que no dejó de acosarme. Cada vez que intentaba hacer el amor con María, aparecía de nuevo. Dos meses después, cansado de sentirme culpable –y bastante inútil en la cama– decidimos cortar.
Quisiera decir que no me arrepiento de lo que sucedió aquella noche, pero la verdad es que no he dejado de arrepentirme, aunque sucedió hace ya mucho tiempo. Lo cierto es que a partir de aquella experiencia me propuse jamás volver a engañar. Ni siquiera a mentir… aunque debo confesarles que no me llamo Felipe Morris. Por supuesto.
AMOR DIVINA LOCURA
El poeta y narrador Carlos Framb demuestra, con varios ejemplos conmovedores de la vida real, que morir de amor es más común de lo que podría pensarse
¿Qué fuerza misteriosa lleva a alguien a adherirse a otro ser hasta el punto de preferir la muerte antes que verse separado del objeto de su amor? ¿En virtud de qué extraño impulso un individuo –y no me refiero únicamente a nuestros coespecíficos– elige morir junto al ser querido, aunque podría perfectamente seguir viviendo?
En alguna calle de la ciudad de Edimburgo, la estatua de un pequeño perro rinde tributo a la fortaleza de una relación amorosa. Se trata de Bobby, un skye terrier, fiel compañero de un policía llamado John Gray, quien vivió alrededor de 1856 en dicha ciudad. John y el perro se convirtieron en amigos inseparables hasta 1858, cuando John murió de tuberculosis y fue enterrado en el cementerio de Greyfriars. El perro se hizo famoso porque cada noche, durante catorce años, permaneció junto a la tumba de su amo. Hasta 1872, cuando él mismo murió acostado sobre el túmulo funerario de su viejo amigo.
Otra viñeta de amor constante más allá de la muerte, tomada del mundo animal, nos la ofrece el etólogo Vitus Droscher en su libro Sobrevivir. En agosto de 1976, en el Aquario Delfini de la ciudad italiana de Riccione, la dirección decidió vender el delfín macho Speedy-Pele a otro zoológico. Hacía ya mucho tiempo que Speedy-Pele era compañero del delfín hembra Mary. Tras la separación, Mary estuvo quejándose a gritos durante varios días. Se pasaba el tiempo dando grandes saltos en el aire, desde su estanque, posiblemente en un intento de descubrir si Speedy-Pele se encontraba en otro de los varios estanques próximos que existían en la instalación. Después pareció perder toda esperanza y, de repente, tomó carrerilla dentro del estanque y, nadando a toda velocidad, fue a estrellarse de cabeza contra una de las paredes de la piscina. El choque debió de resultar terriblemente doloroso, pero la delfín lo repitió una y otra vez hasta que acabó por romperse el cuello al golpear contra la pared y se hundió, muerta, en el fondo de la piscina.
Este par de conmovedoras historias me remiten a aquel pasaje de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, cuando tras la muerte de su joven amado Antínoo, el devastado emperador recuerda cómo antaño, en los sótanos del Coliseo, le habían hecho ver leones que enflaquecían por la ausencia del perro con el cual los habían acostumbrado a vivir, y de cómo, en los campos de prisioneros a orillas del Danubio, había visto a algunos miserables que, tendidos contra un muro, daban contra él la frente en un movimiento salvaje, insensato y dulce, repitiendo sin cesar el mismo nombre.
La historia personal de la literatura nos ilustra con numerosos casos en los que algunas parejas escogen morir juntas. He aquí algunos de los más célebres:
El 21 de noviembre de 1811, a orillas del lago Wannsee, en cercanías de Berlín, el poeta Heinrich von Kleist, arruinado y decepcionado, se suicida de un disparo en la boca, tras haber disparado sobre su amiga Henriette Vogel, quien padecía un avanzado cáncer de matriz.
El 26 de noviembre de 1911, Paul Lafargue, médico, escritor y socialista francés, y su mujer, Laura, hija de Carlos Marx, se dan muerte inyectándose cianuro. Lafargue había expresado: Desde hace años me he prometido no sobrepasar los setenta años… partir antes del envejecimiento cruel. Marcel Semblat escribió: Los dos juntos, ¡qué hermosa muerte! Un fin soberbio y magnífico, como una espléndida puesta de sol.
El 23 de febrero de 1942, el escritor austriaco Stefan Zweig, abrumado por la soledad, y la desesperanza ante la situación mundial –eran los días de la ocupación de París, de la invasión a URSS y de los hornos crematorios–, se suicidó junto a su mujer Lotte Altman, en Brasil, por medio de una sobredosis de somníferos.
El 25 de noviembre de 1970, el escritor japonés Yukio Mishima, tras seis años de secreta preparación, ejecutó su decisión de morir en el gran estilo, el heroico y ritual seppuku, seguido de la decapitación. Fue acompañado en la muerte por su amante, Morita, bello joven en la plenitud de su fortaleza.
El tres de marzo de 1983 fueron descubiertos los cuerpos del escritor Arthur Koestler y de su mujer Cynthia, quienes se habían suicidado en su residencia de Londres mediante una sobredosis de barbitúricos. Fueron hallados en sus sillones habituales, en lo que un observador describió como una escena de perfecta calma. Arthur padecía mal de Parkinson y leucemia. Cynthia contaba con cincuenta y cinco años y estaba perfectamente saludable. El 23 de septiembre de 2007, el filósofo e intelectual de izquierda André Gorz y su esposa Dorine Keir, tras sesenta años de amor inquebrantable, se suicidaron mediante inyección letal. Dorine padecía una dolorosa enfermedad progresiva. Tiempo atrás André escribió: Ambos quisiéramos no sobrevivir a la muerte del otro.
Se suele pensar que el suicidio sólo es posible en un estado de locura. No es locura el suicidio, sino el amor. Oscar Wilde dixit: El amor no es más que un trastorno mental con un bello nombre.